La trampa de sentirse indispensable
AutoguíaDurante mucho tiempo confundí ser responsable con hacerme cargo de todo.
En distintos momentos de mi vida me encontré cargando más de lo que me correspondía. Me involucraba en la vida de las personas que quería como si también fuera mi responsabilidad encontrar soluciones. Dedicaba tiempo, energía y atención a resolver situaciones ajenas mientras postergaba algunas de las conversaciones más importantes conmigo misma.
En aquel momento lo veía como compromiso. Como una forma de cuidar. Como una prueba de que podía con todo.
Pero, con el tiempo, me di cuenta de que detrás de esa responsabilidad también había algo más.
Había miedo.
Miedo a que las cosas se desordenaran si yo no intervenía. Miedo a decepcionar. Miedo a que las personas que me rodeaban no pudieran hacerse cargo de ciertas situaciones. Y, quizá lo más difícil de admitir, miedo a dejar de sentirme necesaria.
Porque durante mucho tiempo ser la persona que resolvía problemas me hacía sentir valiosa.
Me hacía sentir útil.
Me hacía sentir querida.
Lo curioso es que este patrón no solo aparecía en mis relaciones. También estaba presente en la forma en que intentaba vivir mi propia vida.
Siempre quise tener todo resuelto: los planes para determinada edad, los viajes, lo profesional, lo que venía después. Como si la tranquilidad dependiera de tener respuestas para todo y de saber exactamente cómo se desarrollarían las cosas.
La vida, por supuesto, tenía otros planes.
Y aunque sigo creyendo en la importancia de tener dirección, metas y una visión clara de aquello que queremos construir, también he aprendido que no todo puede controlarse, no todo puede anticiparse y no todo depende de nosotros.
Intentar sostener demasiado tuvo un costo: estrés, cansancio, frustración y algunas decepciones cuando el nivel de entrega no era correspondido. Pero, sobre todo, una profunda desconexión conmigo misma. Estaba tan ocupada atendiendo lo que ocurría afuera que pocas veces me detenía a preguntarme qué necesitaba yo.
Con el tiempo entendí que ayudar y cargar no son lo mismo.
Ayudar es acompañar.
Cargar es asumir responsabilidades que le pertenecen a alguien más.
Quizá por eso una de las lecciones más valiosas que he aprendido es que la responsabilidad no consiste en cargar con todo.
Consiste en responder por aquello que realmente nos corresponde.
Ser responsables no significa resolver la vida de los demás. No significa sacrificar constantemente nuestro bienestar. No significa convertirnos en indispensables.
Significa actuar en coherencia con nuestros valores, cumplir nuestra palabra, reconocer nuestros límites y confiar en que otras personas también son capaces de hacerse cargo de su propia vida.
Hoy sigo creyendo que la responsabilidad es una virtud.
Pero ya no la entiendo de la misma manera.
Antes pensaba que ser responsable era estar disponible, resolver, anticiparme y sostener más de lo que podía.
Hoy creo que la responsabilidad también implica confiar. Poner límites. Reconocer qué me corresponde y qué no. Entender que no siempre tengo que intervenir para demostrar que me importa.
Porque algunas de las cargas más pesadas no son las que la vida nos entrega.
Son las que asumimos por miedo a decepcionar, a perder el control o a dejar de sentirnos necesarios.
Y quizá parte de madurar consiste precisamente en eso: aprender que nuestro valor no depende de cuánto somos capaces de sostener.
Depende de la forma en la que elegimos sostenernos a nosotros mismos.
Casandra Trejo
@turnalina_bycasandra























