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La revolución silenciosa de la menstruación: por qué México empieza a dejar atrás los desechables

Salud
Lectura: 2 minutos

Durante décadas, la menstruación se gestionó casi exclusivamente con productos de un solo uso. El costo ambiental de esa costumbre rara vez se puso sobre la mesa: se estima que una persona que menstrúa utiliza entre 240 y 285 toallas o tampones al año, y más de 11,000 a lo largo de su vida. La mayoría de las toallas desechables están compuestas hasta en un 90% por plástico y pueden tardar cientos de años en degradarse.

A esa montaña de residuos se suma una huella de carbono poco visible: un año de productos menstruales desechables genera entre 5.3 y 8.9 kilogramos de CO2e por persona. Multiplicado por millones de personas menstruantes, el impacto es enorme —y, hasta hace poco, prácticamente ausente de la conversación pública sobre sostenibilidad.

El giro hacia lo reutilizable

Frente a este panorama, los productos reutilizables —copas y discos menstruales— se han posicionado como una de las alternativas más eficaces. Un disco o una copa pueden durar hasta 10 años y tienen cerca de 16 veces menos impacto ambiental que los desechables que sustituyen. Un solo dispositivo reemplaza miles de toallas o tampones a lo largo de su vida útil. El cambio, sin embargo, no depende únicamente del producto: requiere educación menstrual, acceso y romper tabúes que durante generaciones rodearon al ciclo. Ahí es donde algunas marcas han empezado a asumir un papel que va más allá de lo comercial.

BEA: un caso mexicano
Un ejemplo es BEA, marca mexicana de salud menstrual. Con más de 25,000 discos menstruales vendidos, la empresa estima que sus productos pueden evitar hasta 60 millones de toallas y tampones desechables a lo largo de su vida útil, con un ahorro potencial superior a las 2,000 toneladas de CO2e —una cifra comparable a retirar cerca de 480 automóviles de las calles durante un año.

El trabajo de la marca se articula en torno a tres ejes —inclusión, sostenibilidad y autonomía— y se acompaña de talleres de educación menstrual. Su labor social se extiende a través de alianzas: dona copas menstruales junto a Fundación Origen y ha canalizado donativos a Proyecto ConcentrARTE A.C., que acompaña a comunidades vulnerables mediante arte y educación no formal, y a CENACED A.C., dedicada a la respuesta ante emergencias y desastres, ambos apoyos a través de la organización humanitaria Medical Impact.

Un cambio que apenas comienza
El caso de BEA ilustra una tendencia más amplia: la de un mercado y una generación que empiezan a entender la salud menstrual como un asunto de bienestar, dignidad y también de responsabilidad ambiental. Cada decisión individual de cambiar a un producto reutilizable parece pequeña; sumadas, se traducen en millones de desechables evitados y en miles de toneladas de emisiones que nunca llegan a la atmósfera.

La menstruación sostenible ya no es una promesa lejana. Es una transformación silenciosa que avanza ciclo a ciclo —y que, en países como México, apenas comienza.

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Por: Rosella Magazine