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La vida que no tienes que demostrar

Autoguía
Lectura: 2 minutos

¿Qué pasa cuando un día te das cuenta de que parte de la vida que estás viviendo nació de decisiones que, en realidad, no terminaban de sentirse tuyas?

No porque alguien te obligara. A veces ni siquiera somos conscientes de cuándo sucede. Simplemente empezamos a elegir pensando en no decepcionar, en lo que “deberíamos” hacer, en cómo se verá desde afuera o en aquello que necesitamos demostrar.

Pensamos que una vida se define por las grandes decisiones: qué estudiar, dónde vivir, con quién compartirla o qué trabajo aceptar. Pero también se construye con elecciones mucho más pequeñas.

Aceptar un proyecto porque suena importante. Ir a un lugar cuando preferías quedarte en casa. Seguir frecuentando personas con las que ya no conectas. Comprar algo para pertenecer. Decir que sí para no parecer complicada. Quedarte porque irte implicaría dar demasiadas explicaciones.

Siempre me ha parecido interesante la manera en que Iris Apfel entendía el estilo. No solamente por su ropa, sino porque su imagen parecía partir de una convicción mucho más profunda: saber quién eres y atreverte a elegir desde ahí. Hizo de la individualidad parte de su identidad y defendió durante años la importancia de mantenerse fiel a una misma.

Quizá esa sea una de las lecciones más interesantes que podemos llevar mucho más allá de la moda: no todo lo que se espera de ti tiene que convertirse en parte de tu vida.

Las expectativas ajenas no desaparecen cuando crecemos. Cambian de forma. Aparecen cuando alguien pregunta por qué todavía no has hecho determinada cosa, en lo que tu familia imaginó para ti, en las conversaciones con amigas, en lo que ves todos los días en redes sociales e incluso en esa versión de ti misma que hace algunos años decidió cómo tendría que verse tu vida a cierta edad.

Y, sin darnos cuenta, seguimos. Aceptamos. Decimos que sí. Hasta que elección e inercia empiezan a parecerse demasiado.

Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿cuánto de lo que tengo realmente lo elegí yo?

Vivir con más intención no necesariamente significa renunciar mañana, mudarte de ciudad o cambiar por completo tu vida. Puede comenzar con algo mucho menos dramático: detenerte unos segundos antes de responder automáticamente.

¿Realmente quiero esto?

¿Lo estoy eligiendo porque me hace sentido o porque necesito demostrar algo?

La respuesta tampoco tiene que ser siempre “no”. Quizá sí quieras aceptar ese proyecto, ir a esa reunión, quedarte, intentarlo o continuar. La diferencia está en saber por qué.

Hay una pregunta que puede ayudar cuando no sabes distinguir entre lo que quieres y todo el ruido que existe alrededor:

Si no tuviera que explicarle esta decisión a nadie, ¿qué elegiría?

No se trata de ignorar a quienes queremos ni de tomar siempre el camino más cómodo. Se trata de aprender a diferenciar entre escuchar otras voces y permitir que esas voces decidan por nosotras.

Puedes construir una vida que se vea increíble desde afuera y, aun así, sentir que no te pertenece.

O puedes construir una que quizá necesite menos explicaciones. Una que no tengas que justificar. Una que no tengas que demostrar.

Simplemente una vida que, cuando la mires desde dentro, puedas reconocer como tuya.

Casandra Trejo

@turnalina_bycasandra

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Por: Casandra Trejo