No nacimos fuertes, nos hicimos fuertes juntas
AutoguíaSer mujer, muchas veces, ha significado aprender a sostenernos solas en un mundo que no siempre estuvo hecho para nosotras. Y aunque hoy hablemos de empoderamiento con más libertad, la palabra no nació del privilegio, sino de la necesidad. No nacimos fuertes: nos hicimos fuertes. A fuerza de caernos, de levantarnos, de aprender a decir que no, de aprender a decir que sí cuando por fin nos elegimos. Nos hicimos fuertes cuando entendimos que la fortaleza no es aguantarlo todo, sino dejar de permitir lo que duele.
El Día de la Mujer no es una fecha para felicitarnos por “poder con todo”. Es un recordatorio incómodo —pero necesario— de que muchas hemos tenido que aprender a resistir en silencio, a demostrar el doble, a justificarnos de más, a cargar con culpas que no nos pertenecen. Y aun así, seguimos caminando.
Empoderarse no es volverse invencible. Es volverse honesta. Con lo que cansa. Con lo que duele. Con lo que ya no se quiere repetir. Empoderarse es reconocer que no todas partimos del mismo lugar, que no todas tenemos las mismas oportunidades, y que aun así, cuando una avanza, abre un poco más el camino para las demás.
Hay mujeres que empoderan sin saberlo. La que pone límites por primera vez. La que se atreve a irse de donde ya no la cuidan. La que vuelve a empezar después de un duelo. La que cría distinto a como la criaron. La que emprende con miedo, pero con convicción. La que alza la voz en una junta. La que decide no competir, sino colaborar. La que deja de pedir permiso para ocupar espacio.
También hay un empoderamiento silencioso que casi no se ve: el de la mujer que se permite descansar sin sentirse culpable. La que deja de exigirse perfección. La que aprende a pedir ayuda. La que deja de compararse. La que se habla bonito cuando falla. Ese también es un acto profundo de valentía, aunque no lo parezca.
Este mes no se trata solo de recordar lo que otras lograron antes que nosotras. Se trata de preguntarnos qué estamos haciendo hoy para no traicionarnos. Cómo nos estamos tratando entre mujeres. Si estamos siendo aliadas o juezas. Si estamos replicando las mismas exigencias que tanto nos dolieron. El empoderamiento real no humilla, no minimiza, no compite: acompaña, nombra, sostiene.
Ser mujer no debería doler tanto. Pero mientras seguimos transformando lo que duele, sigamos sosteniéndonos entre nosotras. Sigamos celebrando los logros visibles y los procesos invisibles. Sigamos creando espacios donde ser mujer no implique demostraciones constantes de fortaleza, sino permiso para ser humanas.
Este 8 de marzo no te preguntes solo qué has logrado. Pregúntate qué has sanado, qué has soltado y qué ya no estás dispuesta a cargar. Ahí también vive el empoderamiento: en elegirte sin aplausos, sin testigos, sin necesidad de explicarte tanto.
Porque no nacimos fuertes.
Nos hicimos fuertes juntas.
Y porque cuando una mujer se elige, abre camino para otra.
Porque cuando nos sostenemos, el peso se reparte.
Porque cuando dejamos de competir, empezamos a transformar.
Por eso: #JuntasHacemosMás.























