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¿A ti sí te gusta la vida que estás construyendo?

Emprende
Lectura: 2 minutos

Cotizaste, preparaste la propuesta, hiciste cambios y volviste a enviarla. El cliente respondió: «Lo revisamos y te avisamos». Tú ya habías hecho cuentas con ese ingreso. Ahora toca ajustar el mes y encontrar una manera de que esa respuesta no te quite las ganas de presentar la siguiente.

Hay mucho del emprendimiento que ocurre ahí: después de cerrar la computadora, cuando repasas una conversación y te preguntas si cobraste demasiado, si explicaste bien tu trabajo o si debiste insistir un poco más. Aprender a trabajar por tu cuenta también implica aprender cuánto espacio les das a esas dudas.

Con el tiempo empiezas a reconocer decisiones que te salen caras. Aceptar cambios sin poner un límite. Contestar mensajes durante una comida que llevabas semanas esperando. Cobrar menos porque te da pena decir el precio en voz alta. Llenar la agenda y descubrir, al hacer cuentas, que trabajaste muchísimo para ganar apenas lo necesario.

Esos aprendizajes cambian tus metas. Al principio quieres que lleguen clientes; después buscas que paguen a tiempo, que respeten los acuerdos y que valoren lo que sabes hacer. Empiezas a revisar cuánto te deja un proyecto, cuántas horas exige y cómo te sientes mientras lo haces. Tus criterios se vuelven más precisos porque ya conoces el costo de ignorarlos.

A estas alturas del año, vuelves a mirar las metas que escribiste en enero y te preguntas: ¿qué pasó con todo lo que quería hacer? Encuentras pendientes que todavía te importan, junto a otros que ya no tienen mucho que ver contigo. Tal vez habías planeado lanzar algo, crecer el equipo o aceptar más trabajo. Hoy, con lo que has aprendido, sabes que algunas de esas decisiones necesitan otra fecha o incluso otra dirección.

Vale la pena revisar esa lista sin convertirla en una sentencia. ¿La meta sigue siendo tuya? ¿Tienes los recursos para llevarla a cabo? ¿Quieres el resultado y también estás dispuesta a vivir el proceso que requiere? Hay proyectos que entusiasman cuando los cuentas, pero que dejan de hacerlo cuando imaginas tus días dedicados a ellos.

También conviene mirar lo que sí cambió. Quizá este año por fin cobraste lo que antes no te atrevías a pedir. Dejaste por escrito tus condiciones. Aprendiste a delegar una tarea. Te recuperaste de un proyecto que salió mal y pudiste volver a ofrecer tu trabajo sin sentir que tenías que explicar aquel error. Todo eso modifica la forma en que diriges un negocio, aunque no venga acompañado de un anuncio.

Lo difícil es sostener tus decisiones cuando alguien más tiene una idea muy distinta de lo que deberías lograr. Siempre habrá quien pregunte por qué no creces más, por qué rechazaste una oportunidad o por qué sigues dedicándote a eso. Y puede que tengas una respuesta perfectamente razonable: quieres estar en casa a cierta hora, disfrutar lo que ganas o hacer bien un trabajo antes de aceptar tres más.

Tener ambición también exige saber qué deseas conservar. Puedes querer una empresa más grande y tiempo con tus hijos. Puedes querer reconocimiento y seguir disfrutando una tarde en la que nadie necesita nada de ti. Esa combinación merece entrar en tus planes con la misma seriedad que una meta de ventas.

Al terminar el año, tú vas a vivir con las decisiones que tomes hoy. Con los compromisos que aceptaste, con el dinero que ganaste y con el tiempo que pudiste dedicar a lo que te importa. Por eso, antes de preguntarte qué tan impresionante se ve tu vida desde afuera, pregúntate si te gusta habitarla.

Tu vida solo tiene que ser espectacular para ti. Y tú eres la única persona que necesita entender qué significa eso.

Nos vemos en la siguiente edición.

Sofía Ontiveros 

@lunadesalem

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Por: Sofía Ontiveros