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¿Quieres ser mi dama?

Novias
Lectura: 2 minutos

Elegir damas de honor tiene una consecuencia que nadie pone en el checklist de la boda: te obliga a revisar tus amistades.

Porque una cosa es decir que tienes muchas amigas y otra decidir cuáles estarán contigo como damas.

¿Eliges a la amiga de toda la vida aunque ahora casi no se vean? ¿A tu hermana porque “debe estar”? ¿A quién te hizo dama en su boda? ¿O a esa amiga que conociste hace poco, pero que hoy ocupa un lugar mucho más importante?

De pronto, el cortejo dice mucho más sobre tus relaciones que sobre la boda.

Una tradición que cambió con los siglos

Las mujeres han acompañado a las novias desde hace siglos, aunque originalmente su papel era muy distinto.

Algunas tradiciones antiguas cuentan que las acompañantes vestían de manera similar a la novia para confundir a posibles atacantes o, según las supersticiones de la época, despistar a los malos espíritus.

Durante la época victoriana incluso podían vestir de blanco. En la boda de la reina Victoria y el príncipe Alberto, en 1840, sus acompañantes utilizaron ese color, algo que hoy seguramente provocaría más de un comentario.

Con el tiempo, su función dejó de ser ceremonial o protectora y se convirtió en algo mucho más personal.

¿Cómo elegir a tus damas?

No por antigüedad. No por compromiso. Y mucho menos porque tú fuiste dama en su boda.

Piensa en quién forma parte de tu vida hoy.

¿Con quién puedes ser tú sin medir cada palabra? ¿Quién celebra realmente tus decisiones? ¿Quién puede acompañarte sin convertir cada detalle en un problema?

También considera su realidad. Ser dama puede implicar vestido, maquillaje, despedida, traslados y otros gastos. Una amiga puede quererte muchísimo y aun así no tener tiempo o presupuesto para asumir todo eso.

Hablarlo desde el principio evita convertir el cariño en obligación.

No necesitas diez

No existe un número correcto de damas.

Puedes tener una, cuatro, ocho o ninguna.

Si empiezas a pensar “si invito a ella, entonces también tengo que invitar a estas tres”, probablemente ya estás eligiendo para evitar conflictos y no porque realmente quieras hacerlo.

Lo mismo ocurre con los vestidos. No tienen que verse idénticas. Puedes elegir una gama de colores y permitir que cada una encuentre un diseño que se adapte a ella.

“¿Quieres ser mi dama?”

Hoy la pregunta puede venir dentro de una caja con flores, copas, velas y regalos personalizados.

Está bien si quieres hacerlo así.

Pero tampoco necesitas producir el momento.

A veces basta con decir:

“Me caso y quiero que seas mi dama.”

Porque detrás de esa pregunta no debería haber una deuda, una obligación familiar ni un lugar que llenar en la fotografía.

Debería haber una elección.

La de reconocer a ciertas mujeres de tu vida y decirles: quiero compartir esto contigo.

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Por: Rosella Magazine