Soltar para confiar
AutoguíaPor todos lados escuchamos la frase: “Suelta y confía.” Pero, cuando realmente intentamos hacerlo, parece una de las tareas más difíciles que existen.
¿Cómo se suelta? ¿Qué tengo que soltar? ¿Qué debo hacer?
En ese instante, la mente entra en pánico, porque soltar implica caminar hacia la incertidumbre. Y eso es justamente lo que el ego no soporta. La mente quiere certezas; quiere saber qué va a pasar antes de dar el siguiente paso. Para ella, avanzar sin garantías es como dar un paso sin huaraches: imposible.
Sin embargo, cuando de verdad queremos aprender a soltar para confiar, tenemos que atravesar un proceso profundamente incómodo para una mente que siempre ha intentado controlar todo.
Soltar comienza con una pregunta honesta: ¿A qué estoy apegado?
Solo cuando reconocemos ese apego podemos rendirnos y aceptar que no tenemos poder sobre aquello que tanto intentamos controlar. Descubrimos entonces que no es el amor lo que nos mantiene ahí, sino el miedo: miedo a perder lo conocido; miedo a dejar esa relación, ese trabajo, esa situación o incluso ese pensamiento que nos ha acompañado durante años.
La mente siempre ofrecerá una alternativa: “No sueltes. Mejor escóndelo. Si no lo ves, no existe.” Entonces rompemos relaciones, cambiamos de ciudad o de trabajo, creyendo que así dejamos atrás el problema. Pero la realidad es que solo cambiamos el escenario; el apego sigue viviendo dentro de nosotros.
Lo primero que necesitamos soltar no son las personas ni las circunstancias, sino la idea de que nos pertenecen. Soltar el control comienza cuando aceptamos que nuestra necesidad de controlar es solo una ilusión de seguridad.
Cada experiencia difícil llega para darnos la oportunidad de enfrentar aquello que un día nos dolió, nos lastimó o nos dejó una herida. De esas experiencias nacieron creencias que hoy defendemos como si fueran verdades absolutas. Ahí está el verdadero desafío: renunciar a la necesidad de tener siempre la razón. Porque, mientras sigamos creyendo que nuestra interpretación es la única posible, seguiremos intentando controlar la vida.
Nadie que viva reaccionando desde el miedo y el control logrará salir de la prisión llamada mente catastrófica.
Entonces llega el momento del salto de fe.
Confiar no significa saber a dónde vas; significa caminar, aunque todavía no puedas verlo. Como dice la Escritura, la fe es “la certeza de lo que no se ve”. Es reconocer que existe una inteligencia, Dios o un poder superior que sostiene la vida, incluso cuando nosotros dejamos de intentar sostenerlo todo.
La verdadera humildad nace de la aceptación: de reconocer nuestra luz y también nuestra sombra; nuestras virtudes y nuestros defectos. Pero, sobre todo, de asumir con responsabilidad el daño que hemos causado, sin quedarnos atrapados en la culpa. Cuando hacemos ese trabajo interior, el resentimiento pierde fuerza y el corazón se vuelve ligero. Es entonces cuando descubrimos que nunca estuvimos solos.
La guía siempre estuvo ahí.
Dentro de nosotros.
Si creemos que somos creación del amor, hechos a imagen y semejanza de quien nos creó, entonces confiar deja de ser un acto de ingenuidad para convertirse en un acto de regreso a nosotros mismos. La intuición comienza a hablar con claridad y aprendemos a seguirla sin temor, porque entendemos que también es una de las formas en que Dios se expresa.
Confiar no es dejar de sentir miedo. Es decidir que el amor tenga más fuerza que el miedo.
Por eso, aprender a confiar comienza cuando elegimos soltar. Pero no desde la resignación, sino desde el amor. Porque solo quien aprende a soltar desde el amor descubre que, en realidad, nunca perdió nada; simplemente dejó de cargar aquello que ya no le permitía vivir en paz.
Sigrid Dong
@yiyadong























