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Bodas de otoño

Novias
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Septiembre, octubre y noviembre tienen algo que enamora a quienes están por casarse: la posibilidad de una ceremonia por la tarde, una cena entre velas y una fiesta que se prolongue cuando ya hace falta ponerse un saco. El otoño invita a imaginar una boda con colores más profundos y una mesa donde dé gusto quedarse después del postre.

Hay mucho de dónde elegir. Las flores en tonos vino, los manteles crudos, las copas de color y la madera combinan con esta época sin necesidad de llenar todo de hojas secas. También hay lugar para el blanco, para un ramo sencillo o para ese color que la novia siempre quiso. La estación puede acompañar las decisiones; la pareja tiene que reconocerse en ellas.

Porque después de ver tantas referencias, es fácil terminar queriendo una boda que se parece a todas. Se guarda una fotografía por las flores, otra por el vestido y una más por la mesa, hasta que cuesta recordar qué se quería al principio. Conviene volver a una pregunta mucho más cercana: ¿cómo nos gustaría pasar ese día? Para algunas parejas será una comida pequeña; para otras, una pista llena hasta la madrugada. Ambas pueden ser una boda preciosa.

El otoño se presta a cuidar esos ratos que suelen quedar apretados en el programa. Tomar una copa con los amigos antes de sentarse a cenar. Alcanzar a probar la comida que se eligió durante meses. Salir unos minutos a ver la tarde con la persona con quien acabas de casarte. Entre tantas fotografías y saludos, también hace falta tiempo para estar juntos y darse cuenta de lo que está pasando.

La emoción aparece en cosas que difícilmente se pueden planear. Una mamá que quiere revisar el vestido una vez más. La amiga que sabe cuánto costó llegar a ese día. Un familiar que casi nunca baila y esta vez se levanta de la mesa. Puede haber alguien a quien se extrañe mucho, y también ganas de hablar de él durante el brindis. Casarse reúne todo eso: lo que ilusiona del futuro y lo que se trae de casa.

En los preparativos, el clima merece atención. Una terraza hermosa puede volverse incómoda al bajar la temperatura; la lluvia tampoco se descarta por la fecha. Tener un espacio cubierto y pensar en quienes necesitan más abrigo permite disfrutar la noche. Son decisiones poco vistosas, pero se agradecen cuando los abuelos pueden quedarse otro rato o nadie tiene que irse antes de la cena.

Quizá lo más bonito de una boda de otoño sea imaginarla ya vivida: las flores que alguien se llevó a casa, el saco prestado que hay que devolver, las fotos que empiezan a llegar al teléfono al día siguiente. Y poder decir: sí comimos, sí bailamos, sí estuvimos con la gente que queríamos. Nos casamos y tuvimos tiempo de disfrutarlo.

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Por: Rosella Magazine